Al llegar

Memorias de un voluntario de Casa Refugio

Yo vine a Casa Refugio sin experiencia previa de trabajo en este ámbito. Todavía recuerdo la primera vez que me enteré de la trata de personas en Passion, una conferencia cristiana, el verano anterior a entrar a la universidad. Desde entonces, supe que quería hacer lo que pudiera para luchar contra esta realidad horrorosa. Pero honestamente, no sabía qué podía hacer como una adolescente estadounidense.  


Cuatro años después, me enteré del Pozo de Vida y de la oportunidad de ser voluntaria con ellos. Llegué a dudar si ellos me dejarían trabajar en Casa Refugio al no tener experiencia trabajando con ese tema, y sin un título académico que me hubiera preparado para este tipo de trabajo. Los meses previos a mi llegada a México, intenté prepararme leyendo sobre la trata de personas y los efectos traumáticos que esta situación provoca, pero no sabía a qué me iba a enfrentar hasta llegar a este país.


Recuerdo con mucha precisión el momento cuando leí la publicación de un blog de otra chica en mi organización misionera que ya estaba en México sirviendo como voluntaria en Casa Refugio. La manera en que ella se refirió a las chicas haciendo las cosas normales de adolescentes como jugar, reír, discutir, etc, cambió mi perspectiva de las chicas y me impactó emocionalmente. Me di cuenta que sólo había imaginando a las chicas como víctimas y que mi enfoque estaba totalmente centrado en todas las cosas feas que probablemente habían vivido. Había estado tan enfocada en su trauma que no las estaba viendo como seres humanos.


Esta realidad siguió impactándome al llegar a Casa Refugio cuando empecé a convivir con las chicas. Por muchos meses yo no supe ninguno de los detalles de por qué las chicas estaban ahí, ni lo que les había pasado. Y para mí, eso estuvo bien porque me di cuenta que saber de sus historias no era parte de mi trabajo. Fue así que yo invertí bastantes meses con ellas sin conocer los detalles de sus vidas, y creo que eso me ayudó a conocerlas realmente cómo son. Conocí en todas ellas sus personalidades, sus gustos, las cosas que no les gustan, así como sus habilidades y dones. Sin saber de sus traumas, no pude catalogarlas en mi mente como “víctimas” ni hacer prejuicios sobre ellas. Gracias a eso, no me coloqué en en una posición equivocada creyendo que podía ser su salvadora. Cuando escuchas que alguien ha sufrido algo horrible, es normal querer apapacharlo y ayudarle de cualquier manera posible para que no tenga que hacer nada por sí mismo. Y si bien este comportamiento es válido en la primera etapa de rehabilitación, no es una manera de vida sostenible ni recomendable para los sobrevivientes. Si alguien está ayudándolas constantemente a hacer cosas que ellas pueden hacer por sí mismas, sólo estarían provocando que se sigan considerando a sí mismas como víctimas y generando a la vez una dependencia a la ayuda, en vez de empoderarlas. Es muy fácil caer en este error, ya que muchas personas consideren que siempre es bueno ayudar. Pero si uno hace las cosas por ellas en vez de enseñarles y animarlas a que hagan las cosas por ellas mismas, siempre dependerán de un tercero que les resuelva su problemática.


Entre más tiempo paso en Casa Refugio, más oportunidades tengo de trabajar con las chicas para enseñarles diversas clases y actividades. Les mentiría si les dijera que este trabajo es fácil. Sólo con pensar que un grupo de chicas adolescentes estén juntas las 24 horas de todas las semanas, convierte este espacio en una zona de conflicto. Pero para mí, los momentos más pesados emocionalmente son cuando me comparten más facetas de sus historias, las cuales provocan que mi corazón se quede cargado por ellas una vez más. ¿Cómo es posible que un ser humano pueda vivir cosas tan duras y aparentar externamente ser una chica adolescente normal? ¿Cómo pueden estar tan bien después de tanto abuso? La única manera de no perdernos es sosteniéndonos aferradamente a Dios. La única manera en que el personal que labora en este lugar puede funcionar correctamente es encomendándole a estas vidas en todo momento. Esto es clave para este tipo de trabajo. Desde que uno entra a servir en este lugar, siempre debemos tener en mente que no somos sus salvadores. Si tuviéramos este enfoque, nos desanimaríamos al ver qué lento es su proceso de restauración, cómo se resuelven sus procesos legales o cuando ellas retroceden en vez de seguir avanzando.Nos sentiríamos como fracasados cuando no viéramos los resultados de nuestros esfuerzos de enseñar, acompañar y guiar. Definitivamente, no podemos llevar esta carga al creernos responsables en su proceso de sanidad. Lo que debemos hacer diariamente es entregar esa responsabilidad a Cristo, reconociendo que Él es el único que verdaderamente salva y sana.


¡Dios es tan bueno con ellas! Él las ha rescatado de una profunda oscuridad y las ha colocado en una nueva familia—en Su familia. Él les ha dado a estas chicas la fortaleza para perdonar a aquéllos que han abusado de ellas en todas las maneras posibles. Y es a través de este perdón que Dios les ha dado libertad para vivir de acuerdo a su diseño original. Él restaura.


Durante mi tiempo en Casa Refugio he conocido a detalle algunas de las actividades más depravadas en este mundo. Sin embargo, de una manera más impactante, he sido testigo de cómo Cristo puede deshacer toda esta oscuridad.

212 views